SAMOS: CRÓNICA DESDE EL CONFINAMIENTO

El confinamiento y las medidas restrictivas del COVID-19 tuvieron un gran impacto en el funcionamiento y vida diaria del campo de refugiados de Samos, Grecia. Las diversas ONGs presentes en la isla dejaron de operar, viendo mermado el número de personas voluntarias y su ámbito de acción reducido a la atención más básica.


Con una población refugiada de alrededor de 7500, las organizaciones que proporcionaban un respiro a una situación incierta y deshumanizadora, tuvieron que parar su actividad diaria. Esto tuvo asimismo un efecto negativo en las personas refugiadas que, en algunos casos, llevan aquí cerca de dos años.


Sin embargo, el modelo de trabajo cooperativo entre las diferentes organizaciones presentes en la isla, habilitaron que estos efectos no parasen la ayuda humanitaria. Las personas voluntarias que quedaron en la isla, posibilitaron que la atención, aunque reducida, siguiese existiendo dada la falta de medios y la paralización de los servicios de asilo por parte de ACNUR.


Las medidas impuestas en el campo con restricciones en el tránsito y acceso a la ciudad, para la adquisición de productos básicos. Esto sumado a las tensiones que producen un futuro incierto y el confinamiento ya por sí existente, tuvieron como resultado tres incendios consecutivos del 26 al 27 de abril.


Muchas personas, entre ellas familias y menores perdieron sus pertenencias, su “hogar”. La respuesta de las organizaciones se vio perjudicada por las restricciones, y ACNUR, como en tantas otras ocasiones, permaneció inactivo ante las hechos.


Algunas vidas importan más.


La situación en la que viven miles de refugiados en este país no parece importarle realmente a nadie, a excepción de algunas personas que aún intentan de alguna manera denunciar sin cesar lo que ocurre en las islas. Sin embargo, las respuestas y soluciones a este problema deben ser políticas. Las ONG’s pueden ayudar a contener, asistir, y ser una parte más de un plan de acción que debe ser integral y en conjunto con múltiples actores, donde los actores políticos deben ocupar el papel central.


En esta crisis de asilo, los gobiernos europeos vienen quedando expuestos desde hace 5 años. En Europa, los Derechos Humanos están garantizados para las personas que por simple azar nacieron en este continente, y que también por simple azar nacieron dentro de un grupo social de clase media, o clase media alta. Los pobres de este continente al menos no tienen que huir de ninguna guerra y pueden tener un pasaporte. Pero alguien que necesita protección internacional y desea simplemente reconstruir su vida en este continente bajo un estatus de “refugiado” tiene un destino más complicado.


Ni siquiera un contexto de pandemia nos puede igualar. La idea de que se puede dejar morir y sufrir a otrxs se ha normalizado en Europa desde hace 5 años, y parece que no cambiará por el momento.

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